Un poco de amabilidad no cuesta tanto
¿Por qué nos cuesta tanto ser amables con los demás, con la familia, con los compañeros de trabajo? Regalar una sonrisa no es tan duro cuando se tienen buenos sentimientos. Pensar en todo lo que tenemos y lo afortunados que somos debería servir para ser mejores, más guapos, más tiernos, más inteligentes. Los seres humanos estamos en permanente estado de deseo, de ganas de tener más (amor, dinero, belleza..., así hasta el infinito). Si cada uno pensase en ofrecer algo bueno al mundo, todo iría mejor. Empezar por la educación, por ejemplo, dar los buenos días, salir a la calle como si fuese nuestra, sin dejar caer papeles o colillas, al suelo. No copiamos los buenos hábitos, ni lo que nos gusta de los demás sino todo lo contrario, lo envidiamos y deseamos. Utilizar el lenguaje sin darle patadas es difícil (no somos Vargas Llosa), pero sí es fácil emplear el tono correcto, la dulzura (aunque sea con la frutera, la farmacéutica o la panadera), sabiendo que jamás te tomarías un café con ellas. Regalemos lo mejor de nosotros con delicadeza, simpatía, sin mirar demasiado el interior de las personas. Somos tan patéticos, tan inhumanos.
Sonrisa, por favor.
Sonrisa, por favor.
